martes, enero 30, 2007

IMÁGENES


La imagen se repite una y otra vez, Saddam es conducido por sus verdugos hacia el patíbulo y luego comienzan los preparativos para ejecutarlo, hasta allí llega el video oficial, proyectado hasta el cansancio por todas las estaciones de televisión. Pero eso no bastó, a las pocas horas circulaba por internet otro, tomado según las autoridades en forma “clandestina” que mostraba el momento mismo de la ejecución, el cuerpo de Hussein se pierde en el abismo con la soga anclada en su cuello. La televisión inmediatamente lo difundió.

Las imágenes en sí son terribles, independientemente de quien sea el protagonista de ellas, reflejan en el espacio de segundos uno de los verdaderos misterios de nuestra existencia: el tránsito de la vida a la muerte. Uno se pregunta si esta manía repetitiva tiene que ver con el interés que despierta la figura del dictador iraquí; quizás en parte sí, pero en una porción mayor tiene que ver más con el espectáculo de una ejecución, con nuestro voraz apetito por la novedad icónica.

Uno podría pensar en los noticieros televisivos como un verdadero collage de imágenes, son en sí mismos un espectáculo más, y dentro de su formato todo está descontextualizado, todo está banalizado. Las circunstancias de la recepción también contribuyen a desdramatizar la imagen. Estamos comiendo y mientras elogiamos el matambre, Saddam cae al vacío, o por ahí charlando con amigos o dormitando en un sillón. Es que más allá del primer impacto, después es una imagen más entre millones.

Asistimos así a la trivialización de hechos escalofriantes en un espiral en el que los medios y los espectadores nos condicionamos mutuamente. Más rápido, más variado, más impactante parece ser el lema de esta sociedad. En ese desenvolvimiento del espiral uno se pregunta cuál es el límite. ¿Hasta dónde llegaremos? Unos días atrás en un canal de noticias, la cámara se regodeaba con un primer plano de un joven ahorcado, mientras una mosca le daba mayor verosimilitud al cuadro desplazándose por su nariz. ¿Qué más seguirá dentro de unos años?

Quizás lo que algunos medios masivos han despertado en nosotros es una mayor cuota del morbo que todos llevamos dentro. No pretendo adentrarme en consideraciones sicológicas, simplemente poner el acento en estas conductas un tanto morbosas que afloran con mayor ahínco en la era de la imagen. De las muchas definiciones de morbo del diccionario de la RAE, selecciono dos para ilustrar lo dicho hasta el momento, como “interés malsano por personas o cosas”, y como “atracción hacia acontecimientos desagradables”.

Hace ya muchos años, una de las revistas más vendidas del país era “Así”; esta publicación que abrevaba en casos policiales, se caracterizaba por la brutalidad de sus imágenes: cuerpos mutilados, descompuestos, violentados, etc. “Así” mostraba lo que en ese momento la pacata televisión no podía mostrar; sin embargo hoy no podría competir con la pantalla chica.

En este contexto ya no es posible argüir aquello de “una imagen vale más que mil palabras”, hay que buscar urgente palabras y criterio para que en el tren vertiginoso de imágenes no todas vayan en el mismo vagón.


miércoles, enero 24, 2007

¿TRADICIÓN/ES ARGENTINA/S?


Decíamos en la columna anterior que nuestras miradas sobre las tradiciones debían ser indefectiblemente inquisidoras. Ya que toda tradición es en el fondo una operación orquestada en un contexto témporo-espacial por determinados grupos de poder. Toda tradición es en el fondo una construcción, una ficción.

Hasta aquí íbamos bien, ya que lo empleamos en las tradiciones familiares, el problema se vuelve engorroso cuando las aplicamos a una región, o a un país. En nuestro caso ante la pregunta ¿Cuál es la tradición argentina?, nuestras respuestas categóricas giran en torno a la cultura rural: el gaucho, la jineteada, el campo, el folclore y demás.

Sin embargo puede sonar muy raro fundar como símbolo de nuestra tradición el mundo rural en un país en el que la mayoría de sus habitantes son urbanos. ¿Cómo explicarle a un o una joven de cualquier ciudad grande de Argentina que su tradición proviene del campo, cuando para la generalidad de ellos y ellas es un territorio televisivo o bien completamente desconocido e indiferente? ¿Es el mundo pastoril y sus emblemas lo propio argentino? ¿Tiene algún sentido hoy la palabra “gaucho” para la urbanidad, o bien para el altiplano jujeño o el valle del río Santa Cruz? Las preguntas y la polémica pueden seguir acumulándose.

Cuando se recorre esa “heterogeneidad multitemporal” y multiterritorial propia de nuestro país, vemos que resulta demasiado simplificador proponer una tradición apuntalada en determinadas costumbres y usos de algunas regiones. Desde una óptica tradicionalista se igualan tradición e identidad, concepto dinámico por naturaleza –ya que la identidad de un país es siempre una permanente construcción—que aquí se cristaliza. Para esta visión la tradición y la identidad ya están dadas, son algo “natural”; y emergen en las respuestas que damos cuando nos interrogan sobre “lo nuestro”.

¿Cómo fue posible llegar a esto? Gracias a una operación llevada adelante por intelectuales e instituciones a fines del siglo XIX y primeras dos décadas de la centuria pasada. Entre los intelectuales, dos se destacan, Lugones y Ricardo Rojas; entre las instituciones, la prensa, la universidad y la escuela.

Situar al gaucho, una clase social olvidada y a punto de desaparecer, en el centro del campo intelectual y literario del país fue el gesto de resistencia desesperado de la clase dominante para “preservarse” y preservar la identidad argentina ante el aluvión inmigratorio que cambiaría para siempre la fisonomía de la nación. Los festejos por el Centenario (1910) ayudaron a consolidar esta imagen de lo puramente nacional frente a los recién llegados.

Si los inmigrantes se “apropiaron” de la ciudad, la clase dominante (y urbana) argentina miró al campo y al pasado para erigir un territorio simbólico propio que marcara su singularidad. Si antes usó el gaucho para el trabajo y las guerras, ahora lo usa para armarse una genealogía.

Según Graciela Montaldo las tradiciones son “un conjunto de discursos, prácticas y valores que, fijando sentidos sobre el pasado, se activan en el presente y se colocan respecto de los contemporáneos con pretensiones hegemónicas...”. Es decir que somos nosotros quienes damos o no sentido a estas tradiciones y con todo derecho podemos cuestionarlas y repensarlas.


viernes, enero 19, 2007

TRADICIÓN/ES


¿Qué es una tradición? El primer hilo en el laberinto para develar la pregunta es el diccionario: Transmisión de noticias, composiciones literarias, doctrinas, ritos, costumbres, etc., hecha de generación en generación”. Esta es la primera acepción del diccionario de la RAE. Dicho así no presenta problemas ya que es una definición por demás generalizadora. Todos tenemos una tradición familiar, tradición de la que estamos orgullosos muchas veces, aunque en determinadas situaciones esa tradición actúe como un verdadero corsé, limitando nuestro accionar.

Lo primero que deberíamos cuestionarnos es el término tradición, demasiado globalizador y por lo mismo desconocedor de las diferencias. Quizás fuera más adecuado hablar de tradiciones familiares ya que pueden ser de esferas bien distintas entre sí, por ejemplo oficios, comidas, determinadas costumbres, manías, etc.

Hay algunas de esas esferas de las tradiciones familiares que han nacido y crecido necesariamente por obra de las circunstancias geográficas y temporales, esto se ve en algunas comidas, vestimentas. Pero hay otras, la gran mayoría, que han sido impuestas en un determinado momento de la historia familiar y que luego se las vive como algo “natural”. Saber que parte de nuestras tradiciones familiares han sido digitadas y construidas hace que nos sintamos más cómodos/as a la horas de transgredirlas.

Así cuando buceamos en nuestro linaje descubrimos que el bisabuelo les puso Juan a sus cinco hijos porque cuando fue a anotarlos la mayoría de las veces tenía una borrachera singular y era el único nombre que recordaba, que de la tía abuela que se fugó con un cura nadie hablaba y sus retratos se perdieron, y que el tío Ricardo, hombre exitoso si los había, no murió camino de su empresa sino en un prostíbulo.

¿Para qué sirven las tradiciones? Dicho en forma muy general, para dos cosas: o funcionan como un pasado ideal sobre el que posamos una mirada nostálgica de “todo tiempo pasado fue mejor”; o funcionan como formas de interpretación del presente.

Han sido los ingleses, principalmente la llamada “Escuela de Birmingham”, los que han hecho aportes sustanciosos en el campo de la cultura y dentro de éste, en el estudio de las tradiciones.

Sabemos así que las tradiciones son “invenciones” con un determinado propósito, que dentro de las tradiciones hay muchas soslayadas y que según los momentos históricos salen unas a la luz e ingresan otras a las sombras. Es decir, que es el presente el que elige las tradiciones, el que las configura y les da sentido y les sirven para su propia interpretación.

De la estirpe familiar podemos saltar a las tradiciones de la sociedad en la que vivimos, de la región, del país. El esquema es el mismo con el incremento de las complejidades. Las tradiciones en el ámbito de la sociedad se imponen debido a determinadas operaciones que efectúan grupos o instituciones de prestigio y que las generaciones posteriores viven como algo “ya dado”.

Nuestra mirada sobre las tradiciones exige ser una mirada inquisidora, una observación desconfiada para armar así y desde cada uno/a nuestras propias tradiciones.

miércoles, enero 03, 2007

¿QUÉ ES?

palimpsesto de Cicerón
"Manifesto antiguo que conserva huellas de una escritura anterior que fue borrada para poder escribir en él otro texto". Ésta es una de las definiciones de palimpsesto. Estas líneas pretenden contestar una pregunta repetida sobre el título de la columna.

Un poco de historia. La operación denominada palimpsesto surge por necesidad; en la antigüedad todo soporte para escribir era escaso y preciado, así las tablillas, los papiros, los pergaminos, los primeros papeles. Había que ahorrarlos, entonces ante la necesidad de dejar por escrito algo y no contar con más material para hacerlo se decidía borrar la escritura que se juzgaba menos importante en ese momento y realizar la nueva escritura.

Pero los materiales con los que se hacía la escritura y los soportes donde ella se volcaba no eran fáciles de borrar, como resultado siempre quedaba una huella de lo borrado en la escritura presente. Con la llegada masiva del papel y de la imprenta los palimpsestos ya no tenían razón de ser.

Un palimpsesto comprende como mínimo dos escrituras sobre una misma superficie; además es una actividad si se quiere imperfecta, porque en la escritura más reciente se puede percibir los restos de la anterior. Todo palimpsesto es un híbrido. Muestra simultáneamente dos tiempos, dos voces que pueden ser muy diferentes. Muestra la tensión entre lo actual y lo que ha ido quedando atrás pero que siempre vuelve a resurgir.

Gérard Genette, el crítico francés, escribió todo un libro con este título. Para él, un palimpsesto es todo texto que muestra los ecos de uno anterior. La repetición puede tener diversas formas: imitación, prolongación, transformación y varias categorías más.

Toda escritura por más personal que sea, es siempre el eco de otras voces. La originalidad es un concepto borroso y limitado; en un sentido estricto nadie es ya original, es impensable después de tantos siglos de escritura.

Uno escribe con el idioma que otros forjaron, con el estilo que se ha ido amasando a través de los años. La tradición es la jaula en la que buscamos alguna brizna de originalidad.

Uno escribe luchando para lograr un pálido acercamiento a los escritores que amamos, uno escribe contra el estilo hipnótico de ciertos escritores, estilo del que se huye como la peste para no perecer en él.

Uno es la suma de sus lecturas, las lecturas directas y las otras, las que leyeron los que leemos. Leemos la poesía oriental cuando leemos a Octavio Paz; leemos a los nórdicos cuando leemos a Borges, a Platón en San Agustín, a Japón en Ishiguro, a Arlt en Onetti, a Kafka en Buzatti. La lista no tiene fin.

Esta columna que pretende simplemente ser un eco de voces de la literatura, un anecdotario que ilumina en algo a los autores de los libros que nos deslumbraron, está construida de retazos, de citas, de glosas, de otros que escriben y que este amanuense intenta traducir.

Un palimpsesto donde lo importante son las huellas que otros dejaron en la superficie del texto que ahora estás leyendo.
(Imagen: palimpsesto de Cicerón)

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...