miércoles, marzo 28, 2007

¡Qué aburrido!

“Vamos, mami, esto es aburrido”, protestaba una niñita en una función de títeres, la miré y me compadecí de la niña; si a esa edad el virus del aburrimiento ha ingresado en su cuerpo, trabajo costará a lo largo de su vida extirparlo. Es increíble pero cuanto más cosas tenemos que llaman nuestra atención, más aburridos hay.

Uno puede preguntarse a qué se debe. La concepción del mundo como entretenimiento promovida por la industria de la imagen y los medios tecnológicos más avanzados nos ha hecho dependientes de la diversión. Una diversión que pone en juego muy poco de nosotros, dado que nos cuenta como espectadores con escasa o nula participación.

Ya no nos conforma atosigarnos con cinco o seis horas de televisión por día, sino que cada vez con más frecuencia seguir un programa único ya es aburrido, así vemos dos o tres al mismo tiempo, o nos pasamos horas envueltos en un calidoscopio de imágenes que nos lleva a recorrer cien canales y la conclusión: “no hay nada para ver”.

Esto trae algunas consecuencias preocupantes en muchos de los jóvenes y no tanto, para quienes todo debe ser divertido y a todas horas. Ya no basta que el celular nos permita contactarnos a cada momento, sino que también está diseñado para que no lo soltemos nunca; los huecos que quedan entre comunicaciones se rellenan con jueguitos...y tragedia si nos quedamos sin batería, qué aburrido.

Así también se le pide a la escuela, una institución de otro tiempo, que sea divertida, algo imposible, porque el trabajo de la escuela es procurar el esfuerzo de los alumnos, y todo esfuerzo puede ser interesante, a veces entretenido pero muy pocas veces divertido.

Es decir, depositamos en la exterioridad y en nuestra pasividad el eje de la diversión, si no me divierten me aburro, no hay estado intermedio, y lo que es más grave desde esta concepción es que el mundo cotidiano, el único que realmente cuenta—ya que en él nos desenvolvemos--, se difumina, se vuelve borroso, poco interesante, sin matices. Nos perdemos el verdadero espectáculo y en éste sí que no hay repeticiones.

Desde esa mentalidad, la lectura, principalmente, la de ficción tiene poco lugar. Porque leer es un acto complejo que supone una actitud activa y creadora y quien no tenga esta actitud no podrá acceder nunca al universo maravilloso de la literatura. Y la literatura nos enseña a mirar, a tomar conciencia de la complejidad del mundo que nos rodea. Nunca escuché a los buenos lectores de ficción quejarse de aburrimiento.

Pero dejando de lado mi pasión por lo literario, he visto en aquellas personas que tienen en su vida una actitud activa y creadora, vigilante y alerta ante la cotidianeidad, una riqueza vital y una sabiduría que nada tiene que ver con la aridez del aburrimiento.

A veces cuando pasamos por pequeños pueblitos pensamos “qué aburrido debe ser vivir aquí”. Sin embargo, allí viven personas y donde hay personas relacionándose entre sí hay sueños, pasiones, esperanzas, intrigas, odios y amores. Un mundo humano por demás interesante, el mismo del que formamos parte nosotros.

miércoles, marzo 21, 2007

PLAGIOS

Es curioso: en algunos aspectos la era de la informática nos devuelve hoy a la Edad Media. Ya sabemos los cambios que la electrónica introduce en nuestras vidas y sospechamos que su horizonte será inmenso en el futuro, todo esto lleva forzosamente a cambios de conductas, de hábitos y de a poco a un cambio en las mentalidades.

La propiedad intelectual, las marcas registradas son producto de la Modernidad, hijas de la Revolución Industrial y un pilar del capitalismo. En ese siglo XIX que ha moldeado a fuego los siglos posteriores, el Romanticismo introduce en el ámbito del arte un concepto esencial en el campo de la cultura: la originalidad. La obra debe ser novedosa, única y la originalidad funciona como un criterio de valoración muy fuerte.

En el ámbito de la escritura esto andaba bastante bien hasta la llegada de internet. En pocos años y fruto del inmenso crecimiento de la red tenemos acceso a millones de textos que por obra y gracia del “corte y pegue” los incorporamos a nuestra escritura ya no como mera cita, sino como parte del texto. Es una práctica bastante extendida entre estudiantes y que obliga a profesores a realizar trabajos mucho más pautados.

Si bien ese fue el primer círculo de detección, esta conducta se ha ido ampliando y sofisticando cada vez más. Aparece en diferentes ámbitos como el académico, el periodístico, el editorial, etc. Este procedimiento se llama plagio, según el DRAE significa: “Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”.

Desde hace un tiempo, nos hemos enterado de varios escándalos motivados por el plagio. No hace mucho el mundo editorial se conmocionó cuando se comprobó que un exitoso siquiatra, famoso por sus libros de cuentos “terapéuticos” y programas de televisión, había copiado nada más ni nada menos que alrededor de treinta páginas de un libro de una académica española. En diciembre, creo, en la feroz interna de la Biblioteca Nacional, uno de sus funcionarios copió en su argumentación parte de un informe de una biblioteca de España. Ahora quien soporta el escarnio es el último ganador del premio literario “La Nación” al que se lo acusa de plagiar varias páginas de otro libro.

Me parece que esto es la punta del iceberg, y que en la mayoría de los casos se hace porque la copiosidad textual es tanta que encontrar un plagio es encontrar una aguja en el pajar. Quizás en el transcurso del día hayamos leído páginas enteras que han sido calcadas de otras y que jamás nos enteraremos. Sin querer, se están minando las categorías de autor y de originalidad tan apreciadas en la Modernidad.

Es aquí donde hay cierto punto de contacto con la Edad Media, porque en esa época esas nociones eran extrañas. Imitar, plagiar, alterar textos se revelaban como procedimientos habituales y de prestigio.

Es posible que estemos marchando hacia una crisis de los conceptos de autor, originalidad, propiedad intelectual y que nos encaminemos hacia una nueva manera de construir y pensar ( y también leer) los textos. Es más, nada garantiza que lo que estás leyendo no sea también un plagio.

miércoles, marzo 14, 2007

CELULARES

Si hay algo que marca en cuanto a las costumbres y su relación con la tecnología los primeros años de este siglo, esto es, a no dudarlo, el uso del teléfono celular o móvil. Ni los más encumbrados gurúes de la informática predijeron el extraordinario crecimiento demográfico de este aparatito que ya es una especie de apéndice exterior de nuestro cuerpo. Todos apostaban hace unos años a la computadora casi de bolsillo, y sin embargo el teléfono por su versatilidad la está condenando lentamente a su retiro.

Y si de retiro hablamos, ¿cuántos años le quedan a la telefonía fija? A este ritmo, no muchos, y aquellas empresas que no se adapten al fenómeno de la telefonía móvil van camino del precipicio. Además, cada vez será más barato hablar con el uso de nuevas tecnologías, lo que antes costaba fortunas poder comunicarse con algún ser querido de otro continente, hoy mediante mensajeros instantáneos, una conexión a internet y una camarita nos sale unos pocos pesos y sin límite de tiempo.

Pero dejemos de lado estas predicciones informáticas y volvamos al tema de los celulares, ya que es un tema que nos interesa porque tiene que ver con el cambio de nuestras costumbres, de nuestra manera de relacionarnos, de nuevas variables culturales. Habíamos dicho hace un tiempo que la tecnología no es en sí un demonio o un ángel; estas son valorizaciones que surgen de nuestros prejuicios o expectativas.

Desde el ámbito escolar y ante la masividad del uso del celular (en una escuela de un sector obrero pregunté quién no tenía teléfono, sólo dos chicos de casi una treintena no poseían el dichoso teléfono) la escuela debe enseñar que el código de mensajes telefónico es un código exclusivo de ese medio, mientras que el código escrito es el que nos permite desenvolvernos en la sociedad. Porque si no dentro de unos años se le achacará al celular la mala escritura de los chicos y chicas y no a la desidia institucional.

La medida de lo prestigioso en estos adelantos tecnológicos ha cambiado; si antes la ostentación iba de la mano con el grandor de la casa, el auto; ahora lo prestigioso tiene que ver con lo minúsculo: mientras más pequeño sea el aparatejo más caro y más deseado será, mientras más funciones concentre, mayor éxtasis entre los usuarios.

Y más allá de las ventajas del teléfono portátil, hay algunas conductas asociadas al mismo que son algo irritantes. El riesgo que supone conducir y hablar por teléfono, la falta de educación de aquellos que van a una conferencia, un espectáculo, una ceremonia y lo dejan encendido. Los que a cada momento interrumpen tu conversación para mandar mensajes o atender una llamada.

Transcribo a continuación un corrosivo poema titulado “On liberty, 1996” de Jorge Riechmann, poeta español contemporáneo: “No lleva un libro, pero lleva un teléfono inalámbrico./ No lleva pan, pero lleva un teléfono inalámbrico./No lleva un hijo, pero lleva un teléfono inalámbrico./No lleva culpa, pero lleva un teléfono inalámbrico./No lleva un amor, que lleva un teléfono inalámbrico./No lleva nada y lleva un teléfono inalámbrico.”

miércoles, marzo 07, 2007

JARDINES Y POESÍA


Los jardines como espacio estético tienen una larga tradición y hemos hablado que la misma nos llega principalmente de Oriente. La literatura y más precisamente la poesía han cultivado innumerables jardines de palabras; las metáforas florales son quizás las más numerosas y las primeras que vienen a la mente en aquellos/as que se inician en la escritura de un poema.

Muchas/os hemos comparado la belleza de la amada con la rosa, la piel con los jazmines, su delicadeza con las camelias, su pelo con los claveles y así sucesivamente. Hay otras flores que no tienen tanto prestigio literario, una de ellas es la flor del malvón, sólo presente en los patios del tango, y ni hablar de las panchitas, ausentes por completo de la literatura.

Leo por allí que en la zona árabe de España, denominada Al Andalus, famosa por sus palacios y espacios verdes (recordemos la Alhambra y sus jardines), floreció un género poético que trataba sobre jardines y flores. Aquí un ejemplo del poeta andalusí Ibn Hafs al-Yaziri (s. XI): Cuántas veces he ido en hora temprana a los jardines:/ las ramas me recordaban la actitud de los amantes./¡Qué hermosas se mostraban cuando el viento/ las entrelazaba como cuellos!/Las rosas son mejillas;/ las margaritas, bocas/ sonrientes, mientras que los junquillos/ reemplazan a los ojos”.

Esta preeminencia del jardín y las flores ha llevado a que toda una serie de recursos poéticos se conviertan, luego de tanto uso, en imágenes gastadas, lugares comunes que poco tienen que ver con la revelación, la novedad de la palabra poética.

Así hay flores que son las preferidas por la tradición poética: la primera es sin dudas la rosa. Presente desde siempre, la rosa es símbolo de belleza y perfección. Pierre Ronsard (1524-1585) elige esta flor como centro de su poesía amorosa: Toma esta rosa -amable cual tú eres;/rosa entre rosas bellas la más rosa;/diosa en flor entre flores la más diosa/de las Musas, la Musa de Citeres./Recíbela y ofrécele piadosa/tu seno, pues mi corazón no quieres...”

Quién no ha recitado por allí aquellos versos del cubano José Martí: “Cultivo una rosa blanca/en junio como en enero/ para el amigo sincero/que me da su mano franca...”. Rosa que es símbolo de la inocencia y la pureza; otra es la rosa, pero igual de atrayente para el gallego Valle Inclán: ¡Me llamó tu carne, rosa del pecado!”

Juan Ramón Jiménez, el poeta español, tiene una rosa azul, que es la rosa de la ausencia, o quiere en otro poema deshojar a la amada como una rosa para hurgar en su interioridad.

Los ejemplos se agrupan por millones. La rosa es un arquetipo de belleza, también la frecuentaron los místicos y la teosofía. “La rosa es sin por qué” sentenciaba Angelus Silesius y un extraordinario poeta como Rilke la eligió para su epitafio: “Rosa, contradicción pura/temor de no ser el sueño de nadie/ debajo de tantos párpados”.

En el acto íntimo de regalar rosas, sin querer estamos agregando un eslabón más a una tradición que aúna belleza, sentimiento y flor, tradición que ha sido edificada en gran parte por la poesía.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...