LUGARES


              
Siempre resuena en mi memoria aquella frase de Agustín de Hipona acerca del tiempo: “¿Qué es, pues el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo a quien me lo pide, no lo sé”. Perplejidad ante lo inasible y sin embargo visible, el tiempo se torna en esa especie de niebla que todos vemos,--¡ay, vemos sus obras en nuestros cuerpos!—y  sin embargo, al momento de intentar atraparla se desvanece en nuestras manos. Y en tren de rememorar citas, cómo olvidar aquel espléndido verso de Quevedo que sintetiza ese misterio del tiempo: “lo fugitivo permanece y dura”.

               No, no pretenderé aquí filosofar sobre el tiempo, sino simplemente intentar rozar su superficie, recorrer algunos lugares que muestran su piel huidiza. Hay dos cuentos sobre el tiempo que me han impactado como un torpedo en la sensibilidad y que tratan, por vías diferentes, de apresarlo. Uno de ellos se llama “Los siete mensajeros” y es del italiano Dino Buzzatti, al leerlo un escalofrío temporal difícil de resistir sube por mi columna, las grandes preguntas metafísicas sobre el tiempo están planteadas allí  a modo de parábola; el otro es una de las historias más lindas de la literatura argentina, se llama “Las doce a Bragado” y la escribió Haroldo Conti. En este cuento el tiempo está asociado con lo cotidiano, que suele velarnos su cara hasta que en determinado momento el velo se descorre y la confusión y el asombro impactan de lleno en nuestra humanidad. Vuelvo al cuento, son las cosas y sobre todos los lugares los que se van alterando por el tiempo, y el tío Agustín, el protagonista, reúne, ya viejo, en su cabeza los sitios del pasado y del presente.

               Algo similar al tío Agustín me sucede a veces con la ciudad en la que he vivido tantos años. Sucede lo que yo creía les ocurría únicamente a la gente de mucha edad, sin darnos cuenta que en realidad nos pasa a casi todos los que hemos doblado el codo de la vida. De alguna manera, los que permanecemos mucho tiempo en un lugar no vemos solamente el lugar a secas, sino que los lugares son una suma de capas temporales a la manera de las eras geológicas. Así, cuando vos lector o lectora pasás por determinada tienda, nos ves solamente ese local, en tu memoria también está aquella dueña que la atendía o el almacén en el que comprabas cuando tus padres te mandaban.

               Sí, me pasa ahora con la ciudad, y cuando estoy por el centro es inevitable buscar con la mirada el bar de la Fortunata y encontrar una tienda, o ver un nuevo edificio donde doña Exequiela despachaba el pan o la harina; y más allá la tienda donde el “pibe” García calzaba  los zapatos más brillosos de la ciudad. Las anchas veredas tratan de disimular los viejos surtidores de nafta que instaló José Daima. Tampoco están don Arroyo ni don Dahir para vendernos los primeros cigarros.

               Los lugares son los mismos, pero son otros, y uno siente que va perdiendo referentes, que la ciudad se hace un poquito más extraña cada día.
              

Comentarios

  1. a mi me pasa tambien, cuando un chiquillo me atropella en la vereda con su patineta , me recuerda las señoras que temblaron con mi bicicleta frente al boliche de Cevasco, todos los días Néstor, me encuentro con el Pichin , y en el surtidor mi viejo el Atilio ayudando al Tío Ramón con la bomba de mano y yo prendido a la radio escuchando TC y los Emiliossi .... gracias amigo por provocar calidos recuerdos pueblerinos .

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