miércoles, marzo 15, 2017

HOTELES y ESCRITORES


      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de “no lugares” (como los llama Marc Augé) en los que la gente está en tránsito y apenas establece vínculos con las demás personas. Es así, pese al esfuerzo del sector empresario por incluir en los hoteles actividades propias de la vida cotidiana de la gente, como son los gimnasios, lugares de esparcimiento, etc. 
      El mundo actual no se caracteriza por entregar desde lo comercial productos muy originales, está más preocupado por la cantidad que por la singularidad, y esto se ve en las grandes cadenas de hoteles internacionales que brotan como acné juvenil en todo sitio potencialmente beneficioso para ellas. A diferencia de los viejos hoteles de principios del XX, la cualidad esencial de estos nuevos sitios de nuestro siglo es parecerse. Por eso al despertar en una de sus habitaciones, uno no sabe si está en Buenos Aires, Cancún, Nueva York o Río de Janeiro, ya que nada las distingue de un lugar a otro.
      Aquellos grandes hoteles de finales del XIX y comienzos del XX tenían singularidad, no se parecían en nada entre sí y aportaban cierta distinción entre bohemia y señorial. Quizás sea por eso que algunos escritores los adoptaron como propios y vivieron y escribieron en ellos, transformándolos en la propia morada, en un sitio permanente. Cada vez que paso por esa maravilla arquitectónica que es el  hotel Castelar en Avenida de Mayo, no puedo menos que recordar que allí vivió muchos años el poeta y ensayista entrerriano Carlos Mastronardi, el de versos como “Un fresco abrazo de agua la nombra para siempre;/ sus costas están solas y engendran el verano./ Quien mira es influido por un destino suave/ cuando el aire anda en flores y el cielo es delicado”. Lástima que la página web oficial del hotel en la actualidad ni siquiera lo menciona. Sí lo hace con Federico García Lorca, quien estuvo en ese hotel durante los años 1933 y 1934, cuando realizaba temporada teatral en Buenos Aires; hoy la habitación del poeta se ha restaurado tal como estaba cuando la ocupó Federico.
      El hotel Chelsea tiene más de ciento veinte años, es patrimonio histórico de Nueva York, y un ícono de un tiempo en que algunos hoteles eran lugares permanentes para los artistas. Sus paredes guardan las voces, los gestos, las andanzas de personajes que fueron parte central de la historia del siglo que se fue. Me quiero detener únicamente en algunos escritores que vivieron en el hotel y al amparo de sus salones egregios escribieron textos que quizás vos lector/a hayas leído.
       Arthur Miller, además de ser conocido como el marido de Marilyn Monroe, es un dramaturgo ineludible del teatro contemporáneo, entre sus títulos más renombrados podemos citar a “La muerte de un viajante” o “Panorama desde el puente”. Miller se instaló en el Chelsea para escribir “Las brujas de Salem”, y se tomó su tiempo…, vivió en el hotel siete años hasta que finalizó la obra que alude en forma elíptica a la “caza de brujas” que en la década del 50 sufrieron muchos intelectuales de manos del senador  Joseph McCarthy.
      Arthur C. Clarke, el autor de “2001, odisea en el espacio” escribió esta obra en las habitaciones del hotel. Viejos empleados cuentan que escribía de noche y con un telescopio en su habitación con el que se pasaba horas examinando el cielo.

       Como todo gran edificio antiguo que se precie, también tiene sus fantasmas. Algunos residentes y huéspedes aseguran haber visto deambular por el hotel a Dylan Thomas, el autor de “Retrato de un artista adolescente”, quien murió alcoholizado en una de sus habitaciones.

1 comentario:

  1. Estimado Néstor, hace unos años pase una semana en el Castelar Hotel embuido también por ese aura literaria que describís. Visité la habitación de Lorca y recuerdo que desde las ventanas de mi habitación, hacia la Avenida de Mayo, respiré profundo el aire de mi querido Buenos Aires con auriculares puestos y escuchando a Piazolla. Lloré por el Buenos Aires que dejé hace treinta años, por el Piazolla que murió a destiempo y el García Lorca que asesinaron, por ese hotel y esa época que uno extraña sin haberla vivido.
    Después de esa descarga todo fue un poco diferente. Comencé a percibir el olor a viejo de sus paredes y el hambiente se me hizo un tanto opresivo. El mantenimiento no era el mejor. Sólo su lobby mantenía la frecura del Art Noveau de principio de siglo. A este hotel que fue hermoso en el 1900 se abrazaron Lorca y sus contemporáneos. Yo tendría que buscar un hotel que me represente y le cuento que el Internacional de Cerrito no está nada mal. Pero solo tuve acceso porque me mandó el Diario. Mi fama y mi dinero todavía no son suficientes. Abrazo!

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