martes, mayo 30, 2006

LA BOHEMIA PARISINA II


Murger, un estudioso de la vida bohemia parisina, clasifica a la bohemia en varias categorías. A la primera la llama "La bohemia ignorada", es la más numerosa y está integrada por artistas pobres con una fe desmedida en el arte y un desprecio absoluto por el dinero y las convenciones sociales; inserto en ese grupo, hay un sector lleno de mediocridades literarias, habituados a la pereza, el desorden y "a vivir de arriba". Para Murger "la bohemia ignorada no es un camino, es un callejón sin salida", que extingue las mejores inteligencias.

A la segunda categoría la llama "la bohemia aficionada", generalmente integrada por jóvenes burgueses rebeldes o bien que les atrae la vida bohemia; pero una vez que la rebeldía se aplacó ya sea por cansancio o por buscar nuevas experiencias o por presión de su entorno, vuelven a la vida social que su clase ha uniformado. En la mayoría de los casos estos jóvenes ven en la bohemia una manera de hacerse notar pero carecen de talento artístico.

El tercer grupo es el que Murger denomina "la bohemia oficial", son aquellos que sin importar la clase social tienen una vocación artística inquebrantable y un talento singular. Estos son los bohemios que van a triunfar en el mundo del arte y lucharán-pese a todos sus prejuicios-por integrarse en el mercado literario y artístico y así ganarse el reconocimiento de la sociedad.

A fines del siglo XIX, la modernización de la vida (electricidad, medios de transportes, nuevas técnicas de construcción, ascenso social de ciertos sectores de la clase obrera, etc.) es claramente el triunfo de la clase burguesa y su modo de vida. Esto hace que los artistas bohemios nuevamente se planteen el viejo dilema de cincuenta años atrás: si es lícito vender su arte y que éste sea transformado en una mercancía más.

Aznar Soler habla de la aparición en Francia de una "bohemia negra", socialmente marginada, integrada por una enorme cantidad de jóvenes de diferentes clases, que milita en política y tiene como enemigo al artista burgués.

"El odio del escritor burgués por la actitud bohemia era un síntoma de la angustia con que el escritor de la clase dominante contemplaba el ascenso amenazante de una bohemia hosca, rebelde y militante...", señala el mismo autor.

En el París finisecular hay dos barrios que dan acogida a la vida bohemia: Montmartre, barrio de pintores, entre ellos Toulouse-Lautrec, el pintor de las artistas de un cabaret célebre: el Moulin Rouge.

Pero ya la bohemia inevitablemente está contaminada por el mercado, esto lo advierte Rubén Darío, el poeta de "Sonatina", en una crónica de la época. "Montmartre ha cambiado. Hay una verdadera transformación de ese rincón de la alegría, donde hace algunos años todavía se soñaban sueños de arte y se amaba con menor desinterés. Se dice que los artistas de hoy, ¡los mismos artistas!, no piensan más que en la ganancia...".

El otro barrio es el Barrio Latino, y allí además de estudiantes y marginados, se dirigirán muchos de los jóvenes latinoamericanos que sueñan con París y su bohemia como lugar de realización artística y vital.

miércoles, mayo 24, 2006

LA BOHEMIA PARISINA


París fue durante el s. XIX y gran parte del XX la Meca, el lugar de peregrinación de todo aquel que se considerara artista. El lugar soñado para todo creador, triunfar en París era simplemente triunfar en el mundo. La bohemia parisina es casi la quintaesencia de la bohemia.

Románticos rebeldes hicieron de su estilo de vida una verdadera leyenda en el París de 1850. Un París que cambia su fisonomía por la influencia cada vez más fuerte de la revolución industrial. En París confluyen en esta época la aristocracia que lentamente va siendo marginada, la burguesía dominante y sus valores y el proletariado urbano que lucha por un lugar más digno.

Los epígonos del movimiento romántico viven en esta atmósfera, se sienten incomprendidos y desprecian los valores de esta sociedad que se les presenta como caótica. Alfred de Musset fue uno de ellos, decepcionado de la posible gloria literaria, su vida se convirtió en un verdadero peregrinaje por salones literarios, cafés, cabarets, la noche parisina y sus desenfrenos. Estuvo a punto de morir en duelos por mujeres que luego lo abandonaban o abandonaba para ir con amigos a verdaderas rondas de alcohol y drogas.

Théophile Gautier en la misma época desdeña su origen pequeño-burgués mediante vestimentas y actitudes excéntricas. Tiene en claro su vocación artística y se refugia en pasajes escondidos de la ciudad para no contaminarse con la rapiña comercial de su época. Junto a Gérard de Nerval, con quien convivió, y otros artistas funda un pequeño cenáculo que produce obras críticas de la vida contemporánea. Ambos, Gautier y Nerval, se refugian en la noche, en los cafés o en hoteles donde experimentan con el opio junto al pintor Delacroix y los escritores Víctor Hugo, Dumas y Baudelaire.

Enviado por su padre desde provincias a estudiar abogacía, Julio Verne, el autor de “Viaje al centro de la tierra” no pudo resistirse a la bohemia parisina. Algunos conjeturan que sin la bohemia, Verne quizás sólo hubiese sido abogado. Los primeros años como estudiante fueron caóticos y los libros apenas entrevistos, es que el tiempo se iba en pasear con amigos por la ciudad y en concurrir a tertulias de café, o ver obras teatrales. Fue en esas circunstancias cuando conoció a Alejandro Dumas(h), el autor de “La dama de las camelias” quien lo alentó a la escritura.

Baudelaire camina, camina París de noche, casi siempre pobre, casi siempre solo. Ve la otra cara de la ciudad: sus lacras, sus marginados. La “ciudad luz” oculta una ciudad de sombras. Baudelaire encuentra belleza en lugares que el arte no se atrevía a entrar, en lugares nuevos que el capitalismo había engendrado. “Las flores del mal” es un libro sin el cual no se puede entender la literatura moderna y que en el momento de su publicación le costó al artista un proceso y una fuerte multa.

Es en esta época cuando un barrio cobra una relevancia especial: Montmartre, lugar con cierta reputación de criminalidad y bohemia que acaba convirtiéndose en el centro de ocio. Lo mejor de la bohemia estaba por llegar.

lunes, mayo 15, 2006

LA BOHEMIA


“Es un bohemio” suele ser la caracterización que usamos ante determinada persona que vive fuera de los preceptos de la sociedad burguesa y se dedica a un oficio generalmente artístico, tiene poco apego al dinero, al ahorro, a los bienes, al confort, a los horarios, a los trabajos convencionales.

En la sociedad actual, tan apegada a los bienes materiales, apego que constantemente los medios se encargan de fomentar, rara vez el término bohemio tiene una caracterización positiva; en la mayoría de los casos la ex-centricidad se ve simplemente como vagancia.

La vida bohemia nace a fines del siglo XIX y se extiende con altibajos a parte del XX. Surge en un periodo determinado, la modernidad, el momento en que la burguesía se transforma en la clase dominante y el capitalismo de la mano de la revolución industrial se impone entre las potencias europeas y en Estados Unidos.

En realidad, nos interesa la bohemia artística y sobre todo la literaria. Fue el romanticismo el que planteó una pregunta que aún hoy sigue resonando: ¿cuál es el lugar del arte y del artista en la sociedad?

Los románticos percibieron que su posición como productores de arte (pintores, dramaturgos, poetas, novelistas, escultores, etc.) se tornaba cada vez más difusa en una sociedad que comenzaba a enarbolar la bandera del pragmatismo y el utilitarismo.

Ellos reaccionaron con virulentos ataques a la vida burguesa e hicieron todo lo posible para escandalizar a esa sociedad, tanto en sus textos, como Víctor Hugo con el drama “Hernani” (que provocó una verdadera batahola el día de su estreno), como en sus costumbres, George Sand vestida de hombre, Baudelaire borracho, Verlaine y su bisexualidad, por ejemplo.

Expulsados de los lugares de prestigio, ignorados por la sociedad que los mira con recelo, los artistas románticos descubren un lugar en donde reconocerse y refugiarse: el café. Éste será el ámbito central de la vida bohemia durante más de un siglo. Es entre el humo de las pipas y los cigarros y acompañados por el penetrante aroma del café, y mientras escancian vino o licores, donde se discute de estética, de libros, de pintura. Todos lanzan apóstrofes a la sociedad que los ignora, pero todos esperan algún día que esa sociedad les de la gloria artística.

En la segunda mitad del siglo XIX, en pleno proceso de modernización de la sociedad, el divorcio con los “bohemios” se hace más evidente. Los escritores bohemios viven en pensiones o buhardillas precarias y tratan de sobrevivir publicando notas o escritos esporádicos en los diarios que a veces los toman como empleados permanentes. En el ambiente de las redacciones se desarrolla una bohemia muy particular que tendrá su apogeo en las primeras décadas del siglo XX.

Es que el periodismo de ese tiempo tenía dos elementos entrañables para este tipo de vida: la noche y el vagabundeo por la ciudad que con sus cambios los deslumbra. Como en todos los grupos hubo bohemios talentosos y convencidos de su forma de vida; para otros fue sólo una pose, un divertimento que luego olvidaron. Algunos dejaron una obra perdurable, la mayoría un sin fin de anécdotas pintorescas.

martes, mayo 09, 2006

CUMPLEAÑOS

Quizás se sorprenda o te sorprendas lector, lectora al leer esta columna porque por una vez la valla de la intimidad se ha roto y al momento de leerla y venciendo la timidez te digo o le digo que estoy de cumpleaños. “¿A mí qué me importa, dirás?” y es cierto; pero quisiera dentro de este abuso de intimidad compartir con vos algunas sensaciones que en muchos casos es muy posible que se parezcan a las tuyas.

Cumpleaños. Una Ceremonia especial, plural o secreta. No podemos ser indiferentes a pesar de nuestro empeño de vivirlo como un día común. Y no, no es un día igual aunque nuestro caparazón trace las mismas líneas de siempre; en la intimidad sabemos que no es así. Es que no es poca cosa poblar el vacío que éramos, revertir, aunque sea por un breve paréntesis de tiempo, la nada, asomarnos al mundo.

“Has gastado los años y te han gastado/ y aún no has escrito el poema.” Estos versos de Borges están presentes en cada cumpleaños desde el día que los leí. Resumen la ambigüedad que experimento entre la decepción por lo que no hice y la esperanza de hacerlo en el futuro. En realidad no importa si es un poema, un viaje, un diálogo, un amor, un trabajo. Lo que sé es que a medida que pasan los cumpleaños lo que no hice se torna un poco más irreversible y la esperanza más acotada. Claro, pasados ya los cuarenta, cada nueve de mayo es también el sonido de las campanas del cuento “Un médico rural” de Kafka, anuncian que quedan menos días y que los caminos deben ser cada vez más claros porque hay menos opciones de corregir el rumbo.

En mi infancia sólo recuerdo cumpleaños muy felices, con mucha gente, sin la parafernalia actual de castillos inflables, disfraces, películas o piñatas; sorpresitas, globos y gorritos y apenas alguna decoración y mucho lugar para jugar.

Después como todo, hubo cumpleaños en la más patética soledad y otros con abundancia de amigos y parientes, unos de café con leche y pan y otros de manjares exóticos.

Tiendo a pensar que el tiempo no es una larga linealidad, sino más bien un círculo no sólo porque hay situaciones que vuelven, sino porque el derrotero que trazamos se parece mucho a una circunferencia que se va llenando. Echamos en ella vivencias, amigos/as, afectos, hijos/as, paisajes, trabajos, dolores, pérdidas, alegrías, sinsabores y tantas cosas.

Hoy, como siempre, vendrán amigos/as, los seres queridos, habrá alegría en la mesa, algunas ausencias definitivas y otras no. Llamarán o escribirán los que me quieren, algunos de tan lejos y en tantos sitios que el cariño se hace gigante para alcanzarlos en su diáspora.

Sí, hoy será especial, quizás porque siento que estoy llegando a la parte más lejana del punto de salida y que empezaré lentamente a cerrar el círculo que se inició allá lejos, en una casa inmensa de pisos de tierra y un jardín enorme que olía a lilas y rosas y la luz prístina del otoño resaltaba cada hueco, cada hoja como si fuera el primer día de la creación.

martes, mayo 02, 2006

CONCURSOS

Escribir es un oficio solitario y ese oficio pretende que su producto, la obra literaria, sea conocido por el mayor número de personas. Esa parábola que va desde la soledad a cierta masividad en la mayoría de los casos es incompleta, termina en la soledad o en la lectura generosa de amigos o amigas.

El gran obstáculo es en el mundo editorial, publicar. Pero no en cualquier empresa, publicar en una casa de prestigio que nos asegure la distribución y una difusión decente; algunos hasta han soñado que recibían dinero.

Uno de los atajos hacia la obra impresa suele ser costear de su propio peculio la edición; esto es más fácil cuando se trata de poesía por los costos y la cantidad de páginas, y además por cierto renombre de algunas pequeñas editoriales que han aprovechado el espacio que las multinacionales de la edición dejan, al no publicar libros de poemas, para ganar reputación. La situación es más complicada cuando se trata de novelas o cuentos o ensayos. Aquí el costo suele ser más elevado y las editoriales que se dedican a realizar ediciones pagas por los autores no cuentan con la bendición del campo intelectual. El resultado tanto para la poesía como para la prosa suele ser que el autor o autora termine apilando en el desván de su casa varios cientos de ejemplares.

Uno de los atajos mágicos para llegar al mundo editorial y al público suelen ser los concursos literarios que prometen, en muchos casos, el oro y el moro y que rara vez cumplen. Entre quienes escriben la mayoría ha soñado alguna vez con ganar un concurso literario y a partir de allí la fama y el dinero. Sin embargo esos atajos suelen transformarse en verdaderas trampas.

Hay, por ejemplo, una verdadera “industria de los concursos” organizados por editoriales apenas conocidas o instituciones que muchas veces prestan sus nombres a personas que conocen el negocio de estos certámenes. La metodología presenta dos formas: a los concursantes se les pide dinero antes o después. En el primer caso pretextando gastos internos es necesario enviar junto a las obras en concurso un giro; en el segundo caso se nos anuncia con bombos y platillos que nuestra obra “tiene indudables méritos literarios” y que una obra así no merece quedarse inédita, por lo que se ha resuelto “formar una antología con las obras seleccionadas por su calidad”, acto seguido viene el mangazo.

Después al ver los ejemplares que nos envían nos damos cuenta que la antología está integrada por trescientos, que son más o menos todos los que participaron, y que ahora tenemos en nuestro poder treinta ejemplares de algo que en el fondo no queríamos, que no sabemos qué hacer con ellos y de paso ¡pusimos dinero!

En lo que respecta a los concursos de las grandes editoriales—los únicos que ofrecen dinero, publicidad y cierto prestigio en el mundo intelectual—rara vez son ganados por escritores o escritoras noveles que generalmente no pasan de la preselección. Los premios se los disputan unos pocos conocidos que garantizarán la venta de la obra y buenos beneficios a la editorial.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...