jueves, noviembre 30, 2006

CÓDIGOS

¿Qué es un código? La pregunta tiene múltiples respuestas según el tema, la disciplina, la situación en la que focalicemos nuestra atención. Básicamente podemos decir que un código es un conjunto de normas, de leyes que regulan y sistematizan un determinado ámbito del saber y también del hacer. Así tenemos en derecho, los códigos penal, civil, comercial; en genética el código genético; hasta tenemos un código postal que ahora se ha tornado mucho más complejo con el agregado de letras o el código de barras.

Además la palabra código se aplica en algunos ambientes a conductas, pactos, costumbres no escritas que se deben respetar porque de lo contrario implican un castigo (no legal) para aquella persona que los transgredió. Así escuchamos que “hay que respetar los códigos del vestuario” en el círculo futbolístico; o “es una persona que no tiene códigos” en el ámbito político. El uso se extiende a cualquier espacio laboral y tiene sus ventajas y desventajas. Estas últimas tienen que ver con que no siempre todos saben las reglas o su alcance.

Esta lengua con la que hablamos y escribimos sería impensable sin un código, sin un sistema de reglas que regulen el uso de los signos. Es lo que llamamos el código lingüístico. Este código nos permite en español, por ejemplo colocar el sujeto en cualquier lugar de la oración, cosa imposible en el código que regula la lengua francesa o inglesa.

El código lingüístico tiene subcódigos con leyes particulares, así tenemos el código hablado u oral y el código escrito. Sobre este último centraremos nuestra atención.

La escritura es social, hace que millones de hablantes de español en el mundo podamos comunicarnos más allá de las diferencias léxicas; en cierta medida la escritura es un dique que trata de frenar el constante proceso de diferenciación que sufre la lengua en los distintos países, regiones, y en los diferentes estratos sociales.

El dominio eficiente de la escritura garantiza en cierta medida poder expresar todo nuestro mundo vital, lo que nos rodea, lo que nos acontece y lo que habita en nuestra interioridad.

La escuela desde siempre ha pugnado por la enseñanza del código escrito, fundamentalmente porque su dominio también es una vía de acceso a diferentes oportunidades que brinda la sociedad, como el trabajo, por ejemplo. Una solicitud de empleo con errores de ortografía o disparates sintácticos es un vallado que seguramente nos impedirá lograr lo que pretendemos.
Esta tarea compleja de la escuela se ve hoy “amenazada”, para muchos docentes y padres, por el uso que hacen de la escritura los/as jóvenes en relación a las nuevas tecnologías, específicamente el chat y el mensaje de texto.

Es cierto, estos soportes tecnológicos usan códigos que se apartan del código escrito general, y los chicos/as los usan no porque sean un atentado a la escritura establecida o un signo de rebeldía adolescente, los usan porque son eficientes y logran su cometido de velocidad y comunicación. Son otros subcódigos que la escuela debe reconocer, no para enseñarlos sino para crear conciencia del contexto específico donde deben utilizarse.

miércoles, noviembre 22, 2006

LOPE Y LA COMIDA

Casa de Lope en Madrid
Si hay un personaje denodadamente novelesco en la historia de la literatura, ése es sin dudas Lope de Vega (1562-1635). Su vida es en sí misma una novela de aventuras que tiene todos los condimentos: éxito, riqueza, secretos de alcoba, duelos, crímenes, hijos no reconocidos, engaños, cárcel, destierro, fama, un talento literario sin igual para abordar los más diversos géneros y una vida que se cierra cuando el viejo pecador decide pasarse al bando de dios y toma los hábitos.

Sí, todo eso entra en los setenta y tres años de su existencia y más, mucho más desde lo artístico. Creó, por “prepotencia de trabajo”, el teatro español del que fue y sigue (creo) siendo su más cabal representante. Su obra dramática supera las mil piezas, ocho novelas, más de tres mil sonetos y podríamos continuar enumerando una obra ciclópea. Lo primero que uno se pregunta es cómo hacía para llevar una vida tan intensa y a su vez tener semejante producción, ése es un secreto que nadie ha podido develar y que habla del talento y la fecundidad sin igual de Lope.

Talento para vivir (en una época que esto era impensable) del producto de sus obras, para ello montó un verdadero circuito comercial para la representación de sus obras. Como buen amante de la vida—y aquí nos vamos acercando al tema del título de la columna—Lope también era un gran gourmet y mucho de su conocimiento culinario está diseminado en sus comedias.

Un ejemplo de ello es en “Peribáñez y el comendador de Ocaña” lo que dice Casilda: “Salimos donde ya está/dándonos voces la olla,/ porque el ajo y la cebolla,/ fuera del olor que da/ por toda nuestra cocina, /tocan a la cobertera/ el villano de manera/ que a bailarle nos inclina.”

Lope de Vega en la obra “El hijo de los leones" nos ofrece una de las descripción literaria muy detallada de uno de los platos más representativos de la cocina española, la “olla podrida”, una especie de guiso basado en judías rojas cocidas en olla de barro durante varias horas, luego se le añaden chorizo, tocino, morcilla y partes de la cabeza del cerdo.

También era famoso en Madrid por su huerto, construido en los fondos de su casa. En él se cultivaba todo tipo de verduras ya que el escritor gustaba mucho de las comidas con vegetales y en sus obras hay frecuentes referencias a ellas, especialmente las patatas (papas), el repollo y los pimientos. Muy conocida era su afición por los espárragos, algunos sostienen que eran infaltables en su cena, acompañados por huevo duro, pimentón y aceite de oliva.

Lope, como buen autor popular que era, tiene en cuenta los sabores e ingredientes más conocidos a la hora de incorporarlos a sus comedias; así es frecuente que sus personajes utilicen para su cocina, además de los ejemplos mencionados, el tocino, infaltable en la cocina del barroco español.

Abundan los ejemplos y muestran el amplio conocimiento en la preparación de todo tipo de platos por parte del “fénix de los ingenios” como se lo llamaba en la época.

(La imagen corresponde al interior de la casa de Lope en Madrid)

martes, noviembre 14, 2006

HAMBRE Y SIMULACIÓN


Hay una distancia. Un vacío entre lo que somos y lo que podemos ser, entre nuestra realidad y nuestras ambiciones, nuestros sueños. Hay múltiples maneras de llenar ese vacío: con ingentes esfuerzos para alcanzar lo deseado, con la pesadez neblinosa de la resignación que ve el horizonte como imposible.

Hay otra manera, asaz compleja, que hace que poseamos lo deseado y al mismo tiempo no lo tengamos. ¿Qué es esto que trastoca las leyes mismas de la lógica? Ni más ni menos que la apariencia, la simulación. Lo pretendido se revela demasiado lejano o bien imposible de lograr; se opta entonces por aparentar poseerlo ante los demás, nuestras ambiciones se hacen públicas en la simulación de haberlas alcanzado. Se busca denodadamente ser ese otro/a que fraguaron nuestras ilusiones.

La pregunta que uno se hace siempre es en qué medida el/la simulador/a cree su propia obra. Y tengo para mí, que en muchos casos termina por creerla aun a costa del ridículo. En nuestra vida cotidiana es posible que nos crucemos con este tipo de personajes que hablan por celular cuando no tienen crédito, que preguntan por productos que jamás podrán comprar, que se bajan del taxi frente a la mansión que está a una cuadra de su casa...y usted seguramente tiene más ejemplos para engrosar la lista.

Pasemos ahora sí, al universo que nos interesa, el literario. Si hay un indicador imposible de eludir que revela nuestras cimas y nuestros abismos en el mundo social es sin dudas la comida. Muchos de los personajes literarios son gente que se ha despeñado de andamios sociales elevados y no quiere reflejar ante los demás su caída. Su conducta, en algunos aspectos risible, se torna patética.

La novela picaresca nacida en el siglo XVI en España revela desde determinada óptica esta distancia entre la realidad y lo deseado, y al recorrer distintos estratos sociales singulariza personajes que están acuciados por determinadas obsesiones, particularmente la simulación y la comida.

Todos los pícaros tienen un fantasma constante tras de sí: el hambre. Todos buscan de alguna manera y sin reparar en los medios procurarse el alimento. Lázaro, el primer pícaro de la literatura española, revela su ingenio en la forma de conseguir el sustento. Esta es una de las líneas vertebradoras de “El lazarillo de Tormes”. Cuando más hambre pasa Lázaro es con el clérigo que es tan avaro que encierra el alimento en un arcón con llave y sólo tiene para su sustento una cebolla cada cuatro días. A punto de morir de hambre saca a relucir su ingenio para burlar el arcón y conseguir alimento.

También en esta novela está el hidalgo pobre que quiere aparentar que no lo es. Simula siempre que ha comido ya y que llenarse es malo para la salud; pero cada vez que Lázaro consigue comida la devora con desesperación. Son esa raza de hidalgos que Quevedo retrata en “La vida del buscón”: "...gente que comemos un puerro y representamos un capón”.
La comida, elemento esencial de nuestra vida, también es caracterizadora de los personajes que se desplazan por los senderos de la literatura.

martes, noviembre 07, 2006

EL SIGLO DE ORO Y LA COMIDA

Luis de Góngora
Retomamos este recorrido que hacemos por la buena mesa y los buenos libros. Antes de continuar con los autores que escriben en castellano, es inevitable recalar en una obra francesa que podemos considerar como un verdadero obelisco culinario y sus excesos. Claro, me refiero a la obra de Rabelais (1483-1553 ) "Gargantúa y Pantagruel".

Participar de una cena pantagruélica, comer como un gargantúa son expresiones frecuentes cuando se habla de una mesa colmada y de conductas muy cercanas a la gula. Gargantúa y Pantagruel, padre e hijo, son dos verdaderos comilones que le sirven al autor para dar una completa sátira social y política de su tiempo. Para ilustrar la exageración, lo hiperbólico del estilo de Rabelais cito aquí la fiesta que da Grandgousier por el nacimiento de su hijo Gargantúa: "...Habían hecho matar trescientos sesenta y siete mil catorce de estos bueyes para ser salados... y poder disponer así, llegada la primavera, de abundante carne aderezada para ser servida al comienzo de la comida... Las tripas fueron copiosas... Pero la gran diablura de los cuatro personajes era que no había posibilidad de conservarlas por más tiempo porque se habrían podrido... Por ello se convino en que las devorarían hasta no dejar nada".

Y ahora sí volvamos a nuestra senda, ya transitamos los caminos del Quijote, ahora un muestra sucinta de otros autores. Colmo de su poco aprecio por la comida y sí por el vino es Celestina, a quien "un cortezón de pan roído de ratones me basta para tres días".

Distinto es el parecer de Luis de Góngora (1561-1627) que escribió un poema titulado "Filosofía de la panza" y que comienza así: "Ande yo caliente,/ y ríase la gente./ Traten otros del gobierno,/ del mundo y sus monarquías,/ mientras gobiernas mis días,/ mantequillas y pan tierno,/ y las mañanas de invierno/ Naranjada y aguardiente,/y ríase la gente". En este poema se habla de morcillas, de bellotas y castañas, pasteles, comida sencilla y abundante opuesta a los manjares de los ricos.

Uno de los elementos básicos de la cocina de los siglos XVI y XVII es el tocino, éste le viene muy bien a Quevedo (1580-1645) para achacarle a Góngora su genealogía hebrea: "untaré mis escritos con tocino/por que no me los muerdas, Gongorilla, ...".

Y ya que hablamos de Quevedo, en su novela picaresca titulada "La vida del buscón" aparece la preocupación constante por la comida y está la sátira del autor contra los hidalgos venidos a menos que quieren representar lo que no son: "Somos susto de los banquetes, polilla de los bodegones, cáncer de las ollas y convidados por fuerza; sustentámonos casi del aire", y en la novela que inicia el género picaresco, "El lazarillo de Tormes", su protagonista, Lázaro, refiere los trabajos cotidianos para conseguir un poco de comida. En la mayoría de los casos su relación con los distintos amos está condicionada por la escasez. Pero dejémonos de citas que ya es hora de un buen plato.

miércoles, noviembre 01, 2006

SABORES QUIJOTESCOS II

El hombre que va por los caminos a la buena de dios ha de acostumbrarse a degustar los más variados platos que la ocasión le presente. De allí que esa novela de aventuras las más veces disparatadas y de contrarios desenlaces sea también un completo muestrario de la cocina urbana y rural, de cabreros y nobles de la geografía castellana.

La comida también—ya lo hemos dicho—es un elemento caracterizador de los personajes; en el dúo protagónico sirve para acentuar las diferencias entre ambos. Así don Quijote rara vez tiene apetito, las más veces se contenta con frutas secas y “sabrosas memorias”, ya que según ha leído, en ningún libro sobre los caballeros andantes, estos se hartan con comida, sino que lo más frecuente es el ayuno y la penitencia en honor de su amada. Por el contrario, Sancho Panza es muy amigo de platos abundantes y bien acompañados de vino.

Así cuando se encuentran con los cabreros en su primera salida juntos, Sancho se fue tras el olor que despedían de sí ciertos tasajos de cabra que hirviendo al fuego en un caldero estaban...”. Luego de ese plato los rústicos sirven un medio queso muy duro y “bellotas avellanadas (dulces)” lo que provoca un largo discurso libresco de Quijote mientras los demás comen y toman.

Seguir el curso del libro es encontrarse constantemente con momentos culinarios; no es propósito de esta columna hacer tamaño recorrido.

En la segunda parte rescatamos un momento central de la relación entre la novela y el alimento. El banquete de las bodas de Camacho. Es este banquete el único momento de opulencia gastronómica del Quijote, lo que causa un verdadero éxtasis en el siempre voraz Sancho. Así divisó ensartado “en un asador de un olmo entero, un entero novillo”, además en ese fuego había seis ollas gigantes que contenían “...carneros enteros, (...) las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin plumas que estaban colgadas por los árboles para sepultarlas en las ollas no tenían número; los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos...”. Así Sancho no puede resistir y se llega a un cocinero y “con corteses y hambrientas razones le rogó le dejase mojar un mendrugo de pan en una de aquellas ollas”. De todo tomó Sancho en esas bodas y se llevó un pequeño caldero con gansos y gallina para menguar su hambre constante y tantos malos momentos en que el sustento escaseaba.

Ya en posesión de su isla, como gobernador, Sancho ve pasar todo tipo de manjares pero no come casi nunca, ya sea porque lo interrumpen o por el médico que no le deja probar los platos por sus efectos nocivos. Así divisa perdices y ternera asada y adobada, guiso de conejos, olla podrida (cocido de varias clases de carne, legumbres y verduras). Expulsado el médico se hace preparar un salpicón de vaca con cebolla y unas manos cocidas de ternera.

Si el Quijote es un libro en el que aparece la vida española de su tiempo, no podía faltar en sus páginas un rico muestrario de sus comidas.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...