SÁNDWICH

Hay un momento en que nos configuramos como individuos sociales, en plena juventud, e influidos por una serie de ideas que se corporizan y circulan y dan una determinada fisonomía a quienes compartimos por edad un tiempo. Inevitablemente llevamos ciertos rasgos epocales que como una matriz dejan un sello indeleble en nuestra mirada social, y por supuesto en nuestra práctica. Soy parte de una prole que no vivió las grandes epopeyas de los sesenta y comienzos de los setenta, llegué tarde para ser hippie, tarde para cambiar el mundo, tarde para arriesgar en una esquina el pellejo en medio de la noche armada. Cuando supe del Che, ya era un muerto, ilustre, pero muerto al fin.

A lo largo de innumerables madrugadas y en el camino hacia el trabajo, he compartido las charlas con Luis y Daniel, y ellos hablan de una epopeya que en su interior todavía no termina, de la militancia social de los setenta; los escucho conjeturar por qué perdieron, repasan con pasión y dolor los errores, pero interiormente o no tanto, continúan con la resistencia. Hablan de una heroicidad que sigue batallando debajo de sus canas y sus arrugas.

Soy parte de una prole que ya estaba moldeada cuando irrumpió la democracia y sus esperanzas de las que se hicieron eco los/las más jóvenes, (esperanzas que en la práctica han terminado en naufragios) pero como imaginario funciona y conlleva una mirada irreverente sobre la realidad, una libertad para decir y hacer lo que se les cante, para juzgar y ejercer el parricidio contra los/las jóvenes militantes anteriores a la dictadura del Proceso.

Yo no puedo ofrecer ningún relato, ninguna matriz trascendente. Sólo imágenes proyectadas en el espejo evanescente de las conjeturas: sé que si hubiera tenido varios años más habría sido un fervoroso militante, también si hubiera tenido varios años menos habría sido un esforzado participante de la política partidaria; nada de eso soy, cuando ingresé a la secundaria llegaron los militares y cuando llegué a la universidad todavía seguían.

Si se puede aplicar—con todas las reservas del caso—el concepto de generación a los que tenemos entre 45 y poco menos de 40 años, somos una especie de generación sándwich (para usar una imagen de Carlos Gazzera de quien tomo esta idea), pero no somos el jamón, sino una especie de aderezo un tanto insípido o bajas calorías.

Ni soñadores, ni irreverentes, ni utópicos, ni desprejuiciados, somos la generación escéptica, la generación inmóvil. Somos el proyecto de lo que pudo ser y no fue. Una constelación de retazos de la generación anterior y la de los ochenta, retazos que intentamos zurcir y componer sin entrar en conflicto con ambos mundos. No tenemos marcas fuertes de estilo, o nuestro estilo es eso, un centón, o peor, un pastiche que desnuda nuestro fracaso generacional.

Llevamos esa carga casi siempre solapada, cavernosa; quizás sea hora de hacerla visible, de pertrecharla y hablar desde ese lugar, contra viento y marea, y echar a andar un estilo, una marca, un mojón que difumine tanta niebla, tanta seña inconclusa.

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