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viernes, noviembre 18, 2016

CÁRCELES II


      “Que por mayo era, por mayo,/ cuando hace la calor,/ (…)sino yo, triste, cuitado,/ que vivo en esta prisión;/ que ni sé cuándo es de día/
ni cuándo las noches son,/ sino por una avecilla/ que me cantaba el albor./ Matómela un ballestero;/ déle Dios mal galardón”
. Este pequeño poema ha viajado en el tiempo y los hombres de cinco o más siglos han recitado las cuitas de este prisionero ignoto pero cuya voz lastimera ha quedado para siempre en la memoria de la cultura. La cárcel no es una institución que nuestra especie puede exhibir con orgullo, muestra nuestra cara menos tolerable; pero como dijimos en la columna anterior en el ámbito irrespirable de un pequeño cuartucho muchos escritores han sacado provecho de esa experiencia para la literatura.
“En la Cárcel de Reading, junto al pueblo/ de Reading, hay un hoyo de vergüenza/ en donde yace un hombre miserable/ comido por los dientes de las llamas/ y envuelto en una sábana de fuego./ Sin nombre está su tumba abandonada”, dice esta bella estrofa de la balada compuesta por Oscar Wilde sobre un prisionero que fue ejecutado mientras el escritor cumplía su condena por sodomía, luego de un proceso célebre que escandalizó a la sociedad victoriana. “De profundis” sí fue escrita en esa cárcel y es una larga epístola a su amante Alfred Douglas. Para André Gide, la obra es, además de una mezcla de teorías “bastante vanas y espaciosas, el sollozo de un herido que se debate”. La experiencia de la cárcel fue desde lo personal el fin del brillante Oscar Wilde, que a los cuarenta y seis años murió exiliado e indigente en París. Una de las frases que escribe en su larga carta puede aplicársele perfectamente: “Muchos al salir de la cárcel se la llevan consigo, la ocultan como una desdicha secreta y durante largo tiempo se arrastran para morir en una agujero, como pobres bestias envenenadas”.
Como al pasar recuerdo a Antonio Di Benedetto, el célebre autor de “Zama”, a quien la experiencia de las cárceles del proceso dejó una grieta tan honda en su humanidad que jamás pudo reponerse. Cuando lo conocí, un año antes de su muerte en 1986, Di Benedetto era una sombra.
François Villon reúne el ideal romántico de poeta y salteador de caminos, bandolero y trovador. Su obra aúna el desparpajo ante la sociedad y sus reglas y su talento literario. Por robo, asalto, homicidio son algunas de las entradas a la cárcel. En 1462 es arrestado y condenado a la horca. En la cárcel escribió su célebre Balada de los ahorcados: “Oh hermanos, que vivís después de nosotros,/no nos cerréis los corazones piadosos,/ pues, teniendo piedad de nuestras pobres almas,/ Dios la tendrá luego de vuestros ojos/ que aquí nos miran. Juntos estamos cinco o seis/ y la carne que alimentamos a demasiado costo/ está, después de mucho, roída y putrefacta,y nosotros, huesos, nos volvemos ceniza y polvo./ De nuestros males no se burle nadie:/¡y rogad a Dios que nos absuelva a todos”! Un año después de su arresto, su pena fue conmutada y se lo desterró. Nada se sabe de su suerte posterior.
Otro escritor que eludió la condena, pero tuvo varias entradas a prisión, fue William Burroughs, uno de los integrantes de la “generación beat”, quien al parecer alcoholizado colocó un vaso de tequila en la cabeza de su mujer y le disparó, el tiro no rompió el vaso pero sí el cráneo de su esposa. Muerte accidental, dijeron los jueces mexicanos.

“El beso de la mujer araña” es una de las obras más reconocidas de Manuel Puig. Toda la novela se desarrolla en la cárcel, en la que sus dos protagonistas de caracteres antagónicos, mediante la convivencia terminan influyéndose mutuamente.

miércoles, noviembre 02, 2016

CÁRCELES



“Tu risa me hace libre/me pone alas/ soledades me quita/cárcel me arranca”, versos que vienen a mi memoria cuando inmediatamente pienso en los escritores y las cárceles. Miguel Hernández, el poeta de Orihuela, la padeció y la parte final de su obra poética fue escrita en las cárceles del franquismo que terminaron con su vida. Es evidente que la obra poética de Hernández sufre un cambio estético importante ante esa experiencia central.
      Las cárceles han sido un lugar inevitable de muchos escritores y escritoras en diferentes regiones del planeta. En la mayoría de los casos provocada por poderes intolerantes. En la actualidad el PEN Club registra alrededor de quinientos escritores que están privados de su libertad en diferentes partes del mundo.
      Te propongo hacer un recorrido por aquellos/as escritores/as para quienes la cárcel ha sido una experiencia singular que marcó su vida e influyó en su obra. Seguro que vienen a tu memoria casos emblemáticos del nazismo como los del escritor italiano Primo Levi y el del recientemente desaparecido Jorge Semprún.
      Primo Levi fue uno de los veinte judíos italianos que se salvaron en el campo de Auschwitz. Gran parte de su obra literaria tiene que ver con esa experiencia de diez meses en ese campo de concentración. “Si esto es un hombre” es el testimonio desgarrado de esa pesadilla diaria. Le siguieron muchas obras más, pero siempre el tema que vertebra a todas ellas es la guerra y el horror que los hombres les causan a otros hombres. En Levi la escritura además de ser un ejercicio de memoria, es también una herramienta de supervivencia.
      Semprún recrea una y otra vez su experiencia de detenido en el campo de Buchenwald. Hace unos días y en un discurso en su homenaje Henry-Lévy sintetizaba la obra de este español que peleó siempre por la libertad: “La literatura, su literatura, puestas en el torno de la imposible tarea de transmitir lo intransmisible de la deshumanización en Buchenwald”. Reescritura interminable de un pasado que nunca se decide a pasar y que gracias a la textualidad abre una ventana hacia adelante y permite una reafirmación de la vida.
      “El archipiélago Gulag” fue un libro emblemático en la década del 70. En él se cuentan las atrocidades vividas en los “campos correccionales” del régimen soviético por Alexander Solyenitzin. Ocho años de trabajos forzados por criticar en cartas privadas a Stalin. Una vez cumplida la condena, fue exiliado de por vida en Kazakistán. En ese largo exilio nacieron la mayoría de sus obras literarias que le valieron el Premio Nobel en 1970. Luego vino su exilio en Estados Unidos y posteriormente, ya en el final de su vida, la vuelta a Rusia. Solyenitzin como escritor sería impensable sin estas peripecias dramáticas que atravesaron su existencia.
      “De los nombres de Cristo” es una obra maestra de estilo. Todos los ejemplos de cómo utilizar la retórica en castellano se encuentran allí. Dicen que fue escrita en las cárceles poco gratas de la inquisición, entre 1572 y 1574, años en los que Fray Luis de León pasó allí confinado.
      La experiencia de la cárcel nos ha dejado estos testimonios y hay muchos más; algunos hablan que “El Quijote” se gestó en una de las entradas a prisión de Cervantes. Como quiera que sea, la vivencia carcelaria se manifiesta como un hecho fuerte que ha dado buenos frutos en la literatura.

viernes, octubre 28, 2016

DON FRUTOS


       Me conozco de memoria las oficinas de detectives y comisarios de diferentes partes del mundo. He visto el cuarto de Sherlock Holmes y su pulcritud inglesa; el escritorio sucio y enclenque que hacía juego con la piecita de Philip Marlowe; el desorden reinante en la oficina de Maigret que contrasta con el orden de Poirot. En fin, he pasado frío en la desvencijada y espartana comisaría de Laurenzi en  La Plata, o en la celda 273 de la Penitenciaría Central, epicúrea e inclemente, que albergaba a don Isidro Parodi, el detective amigo de Bioy y Borges. 
      Esta larga enumeración muestra mi falta de modestia y la petulancia de mostrarme como un lector omnívoro de policiales. Recuerdo haber comenzado casi por azar con un pequeño libro de E. A. Poe (aún lo conservo) de tapas amarillas y duras, pertenece a la desaparecida colección (y también editorial) “Club Bruguera”. Auguste Dupin hace gala de una envidiable capacidad analítica que lo lleva a desentrañar “Los crímenes de la calle Morgue”, que dicen los historiadores es el inicio del género policial. Después llegaron las novelas de Agatha Christie que compraba y canjeaba en un piringundín de usados, hasta que la ironía, el sarcasmo y el engreimiento de Poirot me hartaron y le cerré la puerta hace ya muchos años.
     
Connan Doyle y su detective estuvieron en las siestas adolescentes, eran un verdadero reto a la inteligencia. Asombraba la capacidad de razonamiento de Sherlock Holmes para lograr dar con el culpable; como también asombraba la intuición potente del padre Brown, el singular investigador de Chesterton. Como en toda frecuentación asidua, comenzaron las grietas, y ya molestaban la confianza desmedida, el tono superior y la jactancia del triunfo. 
En cambio el comisario Laurenzi tenía ciertas fisuras que lo hacían más cercano a nosotros, contaba sus fracasos, su poca confianza en la justicia de los jueces, sus aprietes, su debilidad ante determinados casos que le impedían arrestar al culpable; pero también tenía un ojo de lince para observar detalles y pistas que lo llevaban a resolver el caso.
Después llegaron los detectives del policial negro sobre todo las creaturas de Simenon y de Chandler, el Sam Spade de Hammett y el Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán. Personajes entrañables, que mostraban que el mundo del delito era mucho más complejo que la polaridad buenos-malos o ladrones-policías.
Pero de todos ellos hay uno que es mi favorito, no sé bien por qué, quizás porque es único, porque decapita parte de la teoría sobre el género policial, porque es ocurrente, sabio, ladino, inteligente, comprensivo y piadoso. Lo descubrí casi por casualidad en una antología policial para estudiantes. Se llama don Frutos Gómez, es el comisario de un pequeño pueblito correntino llamado Capibara-Cué y así lo describió Velmiro Ayala Gauna: “Estatura mediana, robustez, ojos pequeños y renegridos, cabello que empezaba a ponerse tordillo y una menuda barba en punta, eran los rasgos principales de don Frutos Gómez”.
Don Frutos es un hombre sabio, alguien que conoce a fondo la sicología humana y su entorno. El campo es su hábitat natural y sería impensable encontrarlo en una comisaría de ciudad. No fue nunca a la escuela, parece, habla una mezcla de guaraní y castellano rural, dice: trompesó, pa, nicó, dentre, refalao, gurí, emprestao; no sabe, por ejemplo, qué quiere decir “deducción” ante el admiración de su “estruido” oficial Arzásola.
Don Frutos todo lo averigua sin aspavientos y con sabiduría. Un personaje querible por donde se lo mire, al que dan ganas de pasarle un mate y sentarse con él junto al brasero de la comisaría para hablar largo y tendido sobre el bicho humano y sus miserias y sus grandezas.

            

martes, octubre 11, 2016

¡BASTA DE GRAMÁTICA!



               “Mamá, ayudame, tengo que subrayar los sustantivos propios, comunes, colectivos y abstractos de esta fotocopia. Pero a mí se me hace lío”. Y la mamá va e intenta recordar cómo se clasificaban o busca en el cuaderno del chico/a cómo eran las diferentes clases. “Papá, ¿el sustantivo grito es abstracto?” Y el padre contesta: “No, pero vos qué entendés por  abstracto”? Y la niña contesta que los abstractos son los que no se pueden ver ni tocar. Claro desde esa lógica la palabra “grito” es un abstracto; pero si ella fuese  a cualquier manifestación o a un estadio de fútbol comprobaría que aunque no se pueda ver ni tocar, “grito” es atronadoramente concreto. Seguramente también y ya que estamos con el ejemplo te habrá tocado pesquisar y recortar diferentes tipos de sustantivos en diarios, revistas o en cuanto papel impreso ande por la casa para luego pegarlos en el cuaderno, el problema es que alguno de los sustantivos que buscamos se empeñan en no aparecer y después de un rato nos quedan los ojos como estrellas de mar.
               Y uno se pregunta (como vos te habrás preguntado), para qué diablos hacen eso y si eso ayuda a que entiendan la clasificación de los sustantivos, por ejemplo; y en caso de que la entiendan, para qué les sirve. Además, esa vieja clasificación proviene a grandes rasgos de los griegos y responde a categorías filosóficas muy alejadas no solo de los chicos sino también de los docentes. Explicar que un sustantivo es abstracto porque no se puede ver ni tocar es tan disparatado como decir que la célula es un huevito pero muy chiquitito que casi no se ve. Después seguramente sigue hacer oraciones con esos sustantivos y a otra cosa mariposa…se vienen los adjetivos.
               Eso sí, nos rasgamos las vestiduras  y ponemos cara de asombro cuando descubrimos que los pobres niños apenas pueden escribir un conjunto de oraciones inconexas cuyas ideas se pelean o se ignoran entre sí. Sin embargo este es el resultado lógico de lo que se ha hecho en la escuela. ¿Por qué queremos que construyan textos si nos hemos centrado en la palabra y en las oraciones y apenas escribimos alguna forma textual aislada (cuentos, por ejemplo) y poco más.
En fin, este tipo de situaciones nos lleva a reflexionar sobre el sentido y la forma de abordar algunos contenidos gramaticales en los primeros años de la educación primaria. Ese sentido y esa forma tienen que ver con la concepción de lengua que tenemos; y me parece que el rol más importante de esta es ni más ni menos que la comunicación. Si la concebimos de esta manera, debemos dedicar todos nuestros esfuerzos a que los chicos adquieran una competencia comunicativa sólida, esto implica competencias de lectura y escritura que son muy complejas y por ello necesitan de tiempo y paciencia. De nada servirá enseñarles de la manera acostumbrada la gramática o el análisis sintáctico; al contrario, nos distraeremos en una tarea un tanto estéril y descuidaremos lo que realmente queremos que los chicos aprendan: a leer y escribir en forma competente. Y a leer y escribir se aprende leyendo y escribiendo textos y no pescando adjetivos.
Muchas veces he pensado que quizás habría que cambiarle la denominación a la asignatura y en vez de llamarse “Lengua”, se podría llamar “Taller de lectura y escritura” o bien “Taller de comunicación oral y escrita” y así nos quitaríamos de encima tanto lastre gramatical al cuete.
                                          

domingo, septiembre 04, 2016

OLIMPIADAS Y LITERATURA II



               Es tan poco frecuente encontrar un atleta argentino en las olimpiadas de Londres 2012 [o Río 2016)] como encontrar hoy un libro de Nalé Roxlo o de Baldomero Fernández Moreno. No tengo la respuesta a esto (que haya pocos atletas) pero pienso que más allá del financiamiento o no, de planes a largo plazo, todo debe comenzar con la educación primaria y secundaria. Es allí donde, me parece, se fomenta el gusto por el atletismo, pero es muy raro ver en nuestras escuelas chicos practicando lanzamientos, saltos o carreras, y también es muy raro que docentes se ocupen de estas disciplinas. Cada vez que veo en una clase de educación física que están jugando al fútbol me da un ataque de urticaria.
         
      Pero dejemos el tono de maestro siruela y pasemos a la literatura y las olimpiadas. Hay un cuento de Brian Mcoy sobre un hecho que poco tiene que ver con lo deportivo, trata del robo de la bandera olímpica con la que se iniciaron los juegos modernos. El hecho es real y ocurrió en los juegos de Amberes, en 1920; allí el atleta estadounidense Harry Prieste se llevó la bandera. El relato de Mcoy se centra en ese hecho puntual y las obsesiones del protagonista que lo perdió todo, menos la enseña olímpica. Como anécdota final, la bandera volvió al Comité Olímpico ochenta años después, en los juegos de Sidney.
               António Vieira Kilamba fue un escritor angoleño que conmovido por la hazaña de Abebe Bikila, aquel fabuloso maratonista de Etiopía, escribió “Pies de barro”, un relato sobre la infancia de Bikila y su pasión por correr. Para quienes no lo conozcan, Abebe Bikila ganó la maratón olímpica de Roma en 1960, si el hecho en sí mismo causa admiración, esta se incrementa cuando nos enteramos de que  Bikila corrió los 42 km como lo hizo durante toda su vida: descalzo.
               El boxeo como disciplina olímpica se inició en 1904, y hasta el momento es una de los pocos deportes amateurs que quedan en los juegos.  Hubo grandes campeones olímpicos, quizás el más recordado sea el inimitable Cassius Clay. No tengo dudas que “Rey del ring” de Norman Mailer tiene como referente a Clay en este pasaje: Jugaba con los puñetazos, los propinaba tiernamente, los ponía con tanta delicadeza como se pone un sello en un sobre, y después propinaba un puñetazo que restallaba como un latigazo en la cara, y lanzaba un jab cruel que golpeaba como un trancazo en la boca, y luego, como en un vals, obligaba al contrincante a entrar en cuerpo a cuerpo …, para apartarse como en un vuelo, aladas las piernas, y, al hacerlo, clavar un gancho, con balanceo del cuerpo, en las costillas, y machacar el rostro con jabs, y lanzar una suave y burlona lluvia de golpes…”. Seguramente vos recordarás un cuento extraordinario de Cortázar sobre los últimos días del boxeador Justo Suárez, “el torito de Mataderos”, aunque este no participó de ningún juego olímpico.
La esgrima es uno de los deportes que siempre han estado presentes en los juegos olímpicos de la era moderna. Impresiona la velocidad de reflejos de quienes florete o espada en mano tratan de tocar el cuerpo del contrincante. Hoy parecen robots blancos con luces y envueltos en cables. Literatura y esgrima tienen una larga tradición que se remonta a la novela romántica y llega hasta la actualidad, de ese recorrido podemos destacar algunas novelas de Dumas, como “Los tres mosqueteros” o la de Pérez Reverte, “El maestro de esgrima”.

lunes, agosto 22, 2016

OLIMPIADAS Y LITERATURA



Por estos días, es imposible sustraerse a lo que sucede en Londres con los Juegos Olímpicos, ya que la información se ramifica e invade cual si fuera una planta omnívora todo nuestro ajetreo cotidiano. En el café o en casa  los diarios y la televisión se encargan de traernos imágenes y relatos de las últimas competencias, en el trabajo internet actualiza los resultados al instante; y todos opinamos como expertos sobre deportes que hasta hace un mes sospechábamos vagamente que existían: el judo, la esgrima, remo, tiro, arquería, gimnasia con anillas, etc.
Millones de personas en todo el orbe disfrutan con este pasatiempo inventado por los griegos, que en los últimos tiempos si hay algo que no conocen es el disfrute, precisamente. Los Juegos Olímpicos nacieron en el siglo VIII a.C en la ciudad de Olimpia. Eran juegos culturales y religiosos, y si le hemos de creer al poeta griego Píndaro, fue Heracles el que los organizó y les llamó juegos olímpicos en honor a su padre Zeus. Los juegos sirvieron para que cada cuatro años las “polis” griegas dejaran sus continuas rencillas por unos días y concurrieran con sus representantes a Olimpia. No solo había deporte, sino también cantos, danzas, certámenes poéticos y teatrales.
Píndaro (542-448 a.C) de Tebas fue el “primer periodista” de los juegos, aunque en realidad fue mucho más que eso, un extraordinario poeta que cantó a los atletas vencedores en un género complejo llamado lírica coral. En esos cantos podemos distinguir tres elementos: la temática mítica, que el poeta evoca de un modo libre y a través de alusiones e imágenes; un segundo elemento es la victoria atlética, que la trata en forma rápida y por último tenemos la conclusión ética, la lección que el triunfo, premio a la virtud, ofrece para gloria de quien lo logra. Aquí te dejo un fragmento de uno de sus poemas: “Y la gloria de Pélope desde lejos fulgura/ en las carreras de las Olimpíadas,/ donde rivaliza la velocidad de los pies/ y los audaces primores de la fuerza física./ Y el que vence consigue para el resto/ de su vida una muy dulce placidez,  gracias a los Juegos”.
Muchos siglos después de que el emperador Teodosio los prohibiera por considerarlos paganos, fue un barón francés, Pierre de Coubertin, quien puso en marcha los juegos modernos con la esperanza de reflotar ese espíritu olímpico que privilegiaba la paz, la competencia honesta y la unión del género humano. No tuvo mucha suerte don Pierre  y a tres de sus juegos en el siglo XX los arrolló la maquinaria bélica, y el espíritu olímpico se llenó de esquirlas y obuses; en la actualidad a los sirios poco les ha conmovido el espíritu olímpico y la guerra civil desdichadamente continúa. De la competencia honesta queda muy poco ya, y todos los días algún atleta se va expulsado de la villa olímpica, no porque allí se juegue a “Gran Hermano”, sino porque ha querido sacar ventaja mediante el dopaje. Ni comentar lo del amateurismo, figura que ha quedado en el más rancio de los olvidos. Todos los atletas que compiten viven de y para esa disciplina, y algunos ganan en un mes lo que muchos de nosotros no sumaremos en toda nuestra vida laboral.
Pero también es cierto que pese a toda la fanfarria mediática, es posible encontrar valores como la superación de los propios límites, la destreza, la habilidad, la fortaleza, el esfuerzo y la cooperación. Quizás por eso, estos juegos valgan la pena, quizás.